Ray Bradbury viste de luto Marte
Bradbury en 1984 / J.P COUDERC (ROGER-VIOLLET/CORDON PRESS)
Luto en Marte y en
nuestros corazones. La muerte el martes por la noche a los 91 años de Ray Bradbury,
maestro de la ciencia ficción más lírica, les deja huérfanos a ellos, los
marcianos de ojos amarillos en sus crepusculares canales de ensueño, pero
también a todos los de aquí abajo, sus hijos lectores, los que hemos viajado
con él en astronaves a las estrellas y hemos bebido el licor del verano de las
infancias perdidas bajo los porches de la mítica Green Town, Illinois.

Bradbury, que dispone ya
de un cráter en su honor en la luna y que pidió que sus cenizas sean esparcidas
en el planeta rojo, será recordado por muchas cosas, por las Crónicas marcianas, esa excepcional colección de relatos sobre
la colonización del planeta Marte que cambió para siempre el género fantástico
y entusiasmó a Borges; por El vino del estío y La feria de las tinieblas, dos de las novelas más conmovedoras jamás
escritas sobre el delicado momento en el que los niños descubren la existencia
del tiempo, de la muerte y de la responsabilidad; por la distopía Farenheit 451 con su mundo de libros perseguidos por
bomberos flamígeros pero salvados por lectores contumaces en una de las más
hermosas fábulas sobre la perennidad de la lectura -un tema tan actual-. Se le
recordará también por sus estremecedores cuentos sombríos, los de El país de octubre, que tanto han influido en autores de
terror como Stephen King. Pero sobre todo recordaremos de Ray Bradbury su
capacidad para mezclar en un combinado único la fantasía, la poesía, la
maravilla, la nostalgia y la inocencia.
Criado en los sueños,
esperanzas y pesadillas de los EE UU que pasaron en pocas generaciones de ser
una sociedad básicamente rural a abrazar las más portentosas y abracadabrantes
tecnologías, Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) se entusiasmó, recelando al
tiempo, con las novedades y artefactos, mostrando en sus historias lo
prodigioso de la ciencia y a la vez advirtiendo de que el ser humano no debería
perder su alma en aras de ella. "No debemos llevar nuestros pecados a otros
mundos", le escuche decir en una ocasión, en su única visita a España, en
1991.
Era un gran moralista,
con un lado indudablemente ingenuo y paternalista, incluso reaccionario, que a
veces le lastraba, pero tenía el don de transportarte a un mundo de emociones y
sentimientos prístinos e irresistibles. Sus diáfanas metáforas son como encajes
de cristal que te arañan el corazón y te anegan los ojos de lágrimas.
Había sin embargo en él
junto a la luz y el optimismo un lado oscuro, de miedo y culpa, en el que
crecía fértil el musgo de lo espectral y de lo macabro. Pocos autores han
escrito como Bradbury sobre la muerte y la pérdida. Es imposible recordar
algunos de sus historias sin estremecerse, la del bebé asesino, la del perro
que regresa de ultratumba, la del hombre que se hace cargo de la guadaña de la
muerte y siega el campo de la vida hasta encontrar los tallos que son su mujer
y sus hijos… En relatos y novelas esa sombra, ese otoño, es el contrapunto
insoslayable de un gran canto vital de celebración de la existencia y de la
belleza del universo.
En esencia, con toda su
cultura y sabiduría, Bradbury -y él mismo lo reivindicaba- nunca dejó de ser un
niño de 12 años, el asombrado y vivaz Douglas Spaulding con zapatillas de
deporte nuevas de El vino del estío (1957), la preciosa
novela en la que relató su infancia trasmutando su Waukegan natal en Green
Town, su pequeña arcadia personal de cometas y zarzaparrilla. Ese lugar soñado
hubo de abandonarlo a los 14 años cuando su padre, empleado ferroviario
afectado por la depresión, se trasladó con la familia a Los Ángeles. Gran
lector de literatura pulp,amante de los tebeos,
empezó a publicar en fanzines y en 1941 vendió su primer cuento. En 1950
publicó la obra por la que será especialmente recordado, Crónicas marcianas, un conjunto de cuentos vagamente unidos
por el nexo de la invasión humana de Marte que llenan de asombro y transpiran
una atmósfera de sobrenatural melancolía y soledad. Cuando el año pasado visité
la vieja casa de Bradbury junto a la playa de Venice, California, donde el
escritor vivió con su mujer Maggie al casarse en 1947, no pude dejar de pensar
en la influencia de esa pequeña Venecia con sus minúsculos canales en la
creación del Marte de las crónicas. No hay mucha ciencia-ficción en el sentido
convencional en el libro, como no la hay en sus otras novelas y en sus
centenares de relatos, agrupados en títulos tan conocidos comoEl hombre ilustrado o Las doradas
manzanas del sol. Una de las cumbres del género, Bradbury es sin embargo
muy diferente de otros populares maestros contemporáneos suyos como Isaac
Asimov (+1992) o Arthur C. Clarke (+2008). Solo ahora, releyendo, caigo en la
cuenta de qué solos nos hemos quedado en el universo al completarse la pérdida
de la gran tripleta espacial.
Poco sexo en Bradbury,
les advierto, un autor que dejó escrito: "Igual que mi amigo Ray
Harryhousen concentró toda su libido en los dinosaurios, yo la puse en los
cohetes, en Marte, en los extraterrestres y en una o dos muchachas que cuando
me decidía a leerles mis historias huyeron muertas de aburrimiento".
Algunos encuentran que
su obra desde 1960 ya no está a la altura de sus grandes creaciones. Quién
sabe, quizá hemos perdido la inocencia para valorarlo. Sea como sea, aquí y
allá en las novelas y antologías publicadas a lo largo de este medio siglo saltaba
la chispa incandescente del viejo Bradbury. Recuerdo un cuento genial sobre un
hombre mosca y la emoción que provocaba el retorno a Green Town en la secuela El verano del adiós.
Escribió ensayos y
poesía (no muy buena: su poesía estaba en su prosa). Tuvo una suerte desigual
en el cine, un arte que amaba como solo pueden hacerlo los grandes soñadores.
Ninguna de sus obras -llevadas también a la televisión, al teatro y a la ópera
incluso- ha tenido una brillante plasmación en la pantalla si exceptuamos la
versión de Truffaut de Fahrenheit 451 (1966), que precisamente
a Bradbury no le satisfacía por "demasiado intelectual". Su gran
colaboración con el séptimo arte y una aventura en sí misma fue sin duda
escribir en 1953 el guion de Moby Dick para el turbulento John
Huston. Bradbury leyó nueve veces la obra de Melville y la sintetizó
prodigiosamente en 150 páginas. El proceso y la relación con Huston los evocó
posteriormente en una novela, Sombras verdes, ballena blanca. La influencia de Ray
Bradbury en el cine es enorme, baste con decir que Spielberg lo ha considerado
su propio padre.
Cuando en 1991, durante
un almuerzo, le pedí que me dedicara La feria de las
tinieblas para mi hija que aún no había nacido, se empleó con simpática fruición
encantado con el reto de conquistar a una lectora del futuro. Hoy, mirando al
espacio con tristeza, siento en el alma no haber pensado en mis nietos.
Por si les interesa, algunos de sus cuentos y novelas.
NOVELAS
Fahrenheit 451 (1953)
El vino de estío (1957)
La feria de las tinieblas (1962)
El árbol de las brujas (1972)
La muerte es un asunto solitario (1985)
Cementerio para lunáticos (1990)
El ruido de un trueno (1990)
Sombras verdes, ballena blanca (1992)
Matemos todos a Constance (2004)
El verano de la despedida (2006)
Ahora y siempre (2009)
CUENTOS
Crónicas marcianas (1950)
El hombre ilustrado (1951)
Las doradas manzanas del sol (1953)
Remedio para melancólicos (1960)
Las maquinarias de la alegría (1964)
Fantasmas de lo nuevo (1969)
Cuentos de dinosaurios (1983)
La bruja de abril y otros cuentos (1994)
Más rápido que el ojo (1996)
De la ceniza volverás (2001)
Algo más que el equipaje (2003)
El signo del gato
(2005)